Íberos, celtas y celtíberos: un territorio diverso
Tras la desaparición de Tartessos, la península ibérica no quedó vacía ni desorganizada. Al contrario. Entre los siglos VI y III a.C., el territorio estaba ocupado por distintos pueblos con características propias, lenguas distintas y formas de vida diferentes.
No existía una unidad política.
No existía un solo “pueblo ibérico”.
La península era un mosaico cultural.
Los íberos: organización y contacto mediterráneo
Los íberos habitaban principalmente la costa mediterránea y el sur peninsular.
No eran un único reino, sino un conjunto de pueblos con rasgos comunes:
- Vivían en poblados amurallados situados en colinas.
- Practicaban agricultura y ganadería.
- Desarrollaron una metalurgia avanzada.
- Utilizaban una escritura propia.
Su contacto con fenicios y griegos influyó notablemente en su cultura. Adoptaron técnicas comerciales, modelos artísticos y ciertos elementos religiosos.
Uno de los aspectos más destacados de los íberos es su arte. Esculturas como la Dama de Elche muestran un alto nivel técnico y una clara influencia mediterránea.
Su sociedad estaba jerarquizada. Existían élites guerreras y probablemente estructuras políticas locales controladas por jefes o aristocracias.
Los celtas: tradición guerrera y mundo atlántico
Mientras tanto, en el norte y el oeste peninsular se desarrollaban comunidades de tradición celta.
Los celtas no eran originarios de la península. Procedían del centro de Europa y llegaron en oleadas a lo largo de la Edad del Hierro.
Se asentaron en zonas como:
- Galicia
- Norte de Portugal
- Asturias
- Parte de Castilla
Su cultura era distinta a la de los íberos.
- Poblados fortificados llamados castros.
- Economía basada en ganadería y agricultura.
- Fuerte tradición guerrera.
- Uso extendido del hierro.
En lugares como Castro de Santa Trega se conservan ejemplos de estos asentamientos fortificados, que muestran una organización defensiva adaptada al terreno.
Los celtíberos: la mezcla cultural
En la zona central de la península se produjo un fenómeno interesante: la mezcla entre poblaciones íberas y celtas.
De esa interacción surgieron los celtíberos.
Eran pueblos con influencia celta en lo militar y lo social, pero con rasgos culturales ibéricos en otros aspectos.
Su territorio abarcaba zonas del actual interior peninsular, como Soria y Zaragoza.
Se organizaron en ciudades fortificadas importantes, como Numancia, que más adelante se haría famosa por su resistencia frente a Roma.
Los celtíberos representan bien la complejidad cultural de la península en esta época. No se trataba de fronteras rígidas, sino de zonas de influencia y mezcla.
Una península fragmentada
En los siglos previos a la llegada romana, la península ibérica era un territorio diverso:
- Sur y levante con fuerte influencia mediterránea.
- Norte y oeste con tradición atlántica y celta.
- Centro con culturas mixtas.
- Restos de la herencia tartésica en el suroeste.
A ello se sumaban enclaves comerciales fenicios y griegos en la costa.
Era un territorio rico en recursos, estratégicamente situado entre el Mediterráneo y el Atlántico.
Y precisamente esa riqueza despertaría el interés de dos grandes potencias del momento.
Primero serían los cartagineses.
Después, los romanos.
Y con su llegada, la historia de la península entraría en una nueva etapa decisiva.